Para ejercer plenamente las capacidades físicas y mentales y preservar el bienestar, el cuerpo humano necesita absorber regularmente cierta cantidad de líquido. Eso implica una ingesta mínima de dos litros diarios.
¿Quién no ha sentido alguna vez la imperiosa necesidad de beber aunque sólo sea un trago para recuperarse cuando las fuerzas flaquean? Conseguir el equilibrio de fluidos adecuado influye de manera decisiva en el bienestar y el rendimiento del individuo. Afecta tanto a su capacidad física como a la intelectual, ya se trate de un consumado deportista capaz de competir en los 1500 metros, o de una persona corriente que cursa estudios o trabaja en una oficina.
El cuerpo del hombre está constituido por un 60 a un 70% de agua, mientras que el de la mujer, debido a su alto contenido en grasa, alcanza entre el 55 y el 65%. Pero quienes presentan el porcentaje más sorprendente son los bebés, con un volumen de agua del 75%. Está demostrado que la capacidad de rendimiento cae en picado si la ingesta de líquidos es insuficiente. Basta con una carencia de fluidos equivalente al 2% del peso corporal para que dicha capacidad comience a disminuir, lo que puede ocasionar trastornos en la concentración, la atención y la memoria.
Necesidades básicas
La necesidad de ingerir dos litros diarios de líquido responde al hecho de que el organismo elimina precisamente esa cantidad cada día a través de la piel, los pulmones, la vejiga y los intestinos. Dado que el agua es el componente más importante del cuerpo, éste no puede funcionar sin el aporte correspondiente durante más de tres días. Los encargados de regular el volumen corporal de líquidos son la piel y los riñones. La transpiración permite mantener una temperatura interna constante de 37° centígrados, mientras que los riñones se ocupan de filtrar las sustancias nocivas para el organismo y los desechos metabólicos de la sangre, y de eliminarlos a través de la orina.
La ingesta insuficiente de fluidos acarrea efectos secundarios importantes: el plasma sanguíneo y el volumen de sangre se reducen. Como consecuencia, disminuye también el flujo de sangre que llega al corazón y, con él, el riego sanguíneo y el aporte de oxígeno a todo el organismo. La carencia de agua dificulta, por tanto, el funcionamiento normal de la circulación sanguínea, los músculos, el cerebro y otros órganos. Un síntoma claro es el cansancio, que a largo plazo puede derivar en trastornos circulatorios y estreñimiento.
Resulta asimismo fundamental lograr el equilibrio adecuado entre la ingesta de líquidos y el aporte en sodio y otros electrolitos, como el potasio. Por lo general, una dieta normal nos aporta los electrolitos necesarios; sin embargo, en condiciones de fuerte calor o de actividad física excesiva, es indispensable aumentar el aporte de estas sustancias, y sobre todo de sodio, en forma de sales.
Ancianos y niños
Por extraño que parezca, la sensación de sed no se intensifica cuando la carencia de líquidos se aproxima al 2% del peso corporal. Existen dos grupos de personas que con frecuencia no beben lo suficiente: los ancianos y los niños. En los primeros, se debe a que su mecanismo de regulación se encuentra ya atrofiado y en los últimos, a que su sentido de la sed aún no se ha desarrollado lo suficiente. Cuando un anciano tiene un aporte líquido insuficiente, el volumen de orina que eliminan sus riñones se ve muy reducido. Esto produce una acumulación de sustancias urinarias de desecho, que afecta tanto a la salud como al bienestar. Los mayores, por tanto, no deben esperar a sentirse sedientos para beber agua, bebidas frías y calientes, y tomar sopa , con el fin de evitar la deshidratación. Por su parte, los niños requieren una ingesta aun mayor de líquidos, sobre todo cuando sube la temperatura o hacen mucho ejercicio físico. Los menores de 12 años no pueden regular su temperatura del mismo modo que los adultos, por lo que son especialmente propensos a la deshidratación.
El clima y los deportes
La pérdida de líquidos tiende a aumentar considerablemente en las personas que realizan una actividad física intensa, o cuando el clima es caluroso. En estos casos, si la ingesta de líquidos no es proporcional, la sudoración disminuye, lo que provoca un sobrecalentamiento y otros trastornos físicos derivados del exceso de temperatura. Las personas que residen en zonas altas o de clima frío también necesitan beber más. El Dr. Josef Keul, Jefe del servicio médico del equipo olímpico alemán en los Juegos de Atlanta y Nagano, afirma que «sólo se mantienen en forma quienes beben lo suficiente».
FOOD TODAY 03/1999