La atención prestada últimamente a los alimentos modificados genéticamente y las reacciones provocadas en la opinión pública ha desvelado algunas nociones erróneas sobre lo que son los genes y cuál es su función.
Una encuesta (1) llevada a cabo en el Reino Unido sobre los avances de las biotecnologías demostró que, si bien en la mayoría de las definiciones dadas para la palabra “gen” eran correctas, algunas personas tenían ideas confusas sobre la función de los genes y no eran conscientes de que los consumen a diario como parte de su dieta habitual.
Sin embargo, los genes están presentes en prácticamente cada célula de todos los animales y plantas. Son unidades de herencia, compuestas de ADN, que se transmiten de padres a hijos durante la reproducción. Son los genes -por lo general varios cientos de miles en cada especie- los que contienen la información necesaria para que las células produzcan las numerosas proteínas que precisa el organismo para desarrollarse, crecer y multiplicarse.
Así, cada vez que comemos una parte de un animal o planta, estamos ingiriendo millones de genes y, con ellos, el ADN de que están compuestos. Sin embargo, no tienen efectos sobre nosotros, bien porque se han descompuesto durante el proceso de digestión bien porque, en el caso de estructuras resistentes, como las de las semillas, atraviesan nuestro organismo y son excretados sin sufrir ningún cambio. Llevamos consumiendo genes desde el principio de nuestro proceso evolutivo y nada prueba que puedan penetrar en las células humanas desde los alimentos que ingerimos e, incluso si pudieran, nada nos hace sospechar que pudieran causarnos daño alguno.
Tampoco tenemos indicios de que el proceso sea diferente en el caso de los genes de los alimentos modificados genéticamente (MG). En ellos, aunque se hayan introducido algunas modificaciones en los genes, los eslabones de ADN son exactamente idénticos. Sin embargo, es necesario aclarar que estamos hablando de varias cosas distintas a la vez. En primer lugar, existen productos MG que comemos prácticamente sin procesar, por ejemplo, un tomate en el que el gen de la maduración ha sido desactivado para prolongar así su vida autónoma. Estos productos contienen genes modificados intactos en el momento de su consumo. Al igual que con los genes no modificados, estos genes se descomponen en el proceso de digestión.
En el caso de los alimentos elaborados, como la salsa de tomate o la harina de soja, todos los genes, modificados o no, han sido alterados y desactivados por el proceso de transformación. Tampoco los productos extraídos de plantas genéticamente modificadas -como los azúcares o los aceites- contienen genes y son, por lo tanto, idénticos a los mismos productos extraídos de plantas no modificadas. Por último, están los alimentos en cuya producción se emplean enzinas derivadas de fuentes genéticamente modificadas. Un ejemplo habitual es el “queso vegetariano”, hecho a base de una encima -la quimosina- extraída de un organismo modificado genéticamente, y que es la misma enzina que la enzina de origen animal presente en el cuajo de la vaca. En este caso, los genes modificados nunca entran en contacto con los alimentos.
No es sorprendente por tanto que, ante estas distintas interpretaciones, exista confusión entre el público, sobre todo cuando se asocian a ideas erróneas sobre lo que son los genes y cuál es su función. También se explica por qué el 72% de las personas entrevistadas manifestaron que tenían poca información sobre los avances de la biotecnología y su regulación jurídica.
Referencias
Encuesta pública sobre el desarrollo de las ciencias de la vida. Encargada por el Ministerio británico de Comercio e Industria a la organización MORI (Market and Opinion Research International).
FOOD TODAY 03/2000